Nacida entre tradición y carácter, Kola Escocesa es más que una gaseosa: es una experiencia que despierta los sentidos. Su profundo color rojo, brillante como el vino bajo el sol del sur, y su sabor frutado, sutilmente complejo, envuelven cada momento con una identidad inconfundible. Es una bebida que no se explica, se descubre.
En las picanterías arequipeñas —donde el tiempo parece detenerse— pedir “una Escocesa” es casi un ritual. Acompaña con naturalidad los sabores intensos de la cocina local, equilibrando cada bocado con su frescura y personalidad. No es solo parte de la mesa, es parte de la historia compartida en ella.
Sus icónicas botellas de vidrio conservan un aire de otra época, como si cada una guardara un fragmento del pasado. En ellas vive la memoria de generaciones que la han disfrutado en encuentros familiares, celebraciones y en la cotidianidad más auténtica de la ciudad.
Su origen se remonta a 1950, cuando Armando Odiaga, un visionario con instinto comercial y profundo conocimiento en esencias, llegó hasta Yura. Allí, entre aguas minerales y paisaje volcánico, vio la oportunidad de crear algo distinto. Lo que comenzó como una idea audaz se transformó en una sociedad, y luego en un legado familiar que ha trascendido generaciones, manteniendo viva una receta que hasta hoy conserva su esencia original.
Se dice que parte de su carácter proviene del entorno donde nació: el agua, el clima, la altura y el espíritu arequipeño. Quizá sea eso lo que la hace irrepetible.
Kola Escocesa no busca parecerse a nada. Permanece fiel a sí misma, como las tradiciones que perduran.




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